Realidad en Genocidios: Trauma, Memoria y duelo

Rita Cristina Kuyumciyan

Introducción

Las investigaciones psicoanalíticas sobre las consecuencias psíquicas del gran impacto que significa un genocidio,  señalan que estos hechos traumáticos cobran otra dimensión en el devenir de la realidad psíquica de un sujeto a través de generaciones. Las huellas terroríficas de un genocidio como manifestación más destructiva de la violencia, en donde  los Estados utilizan la ideología como sustentación de sus actos criminales para la exterminación sistemáticamente programada hacia un grupo nacional, religioso o racial, estarán siempre presentes en las familias de sobrevivientes que vivieron lo sinestro. La realidad histórica de un genocidio se impone en la realidad psíquica de cada sobreviviente con representaciones de dolor, culpa y horror. Nuestra historia latinoamericana está atravesada desde sus orígenes por los genocidios: habitamos en  un suelo con sangre derramada por el genocidio aborigen, aún silenciado.  Como psicoanalistas latinoamericanos quienes hemos sufrido situaciones de terrorismo de Estado que han marcado nuestra historia, como la última dictadura militar en la Argentina, cuando indagamos en la historia singular de un sujeto cuyos antepasados han padecido un genocidio, articulamos desde una mirada transgeneracional  esos acontecimientos terroríficos con la realidad psíquica de su sufrimiento actual.

Del mismo modo, en la investigación psicoanalítica de historias de hijos de inmigrantes que llegaron a la Argentina a principios del siglo XX descendientes de grandes genocidios, como el Holocausto Judío y el Genocidio Armenio, la investigación psicoanalítica incluye la evaluación del trauma, su transmisión y la elaboración del duelo colectivo.  Son huellas de asesinatos colectivos  que necesitan desplegar esa realidad histórica para entrar en la dimensión de la realidad psíquica, y en donde el psicoanálisis cumple la tarea primordial de develar ese gran secreto oculto.

Realidad  del Trauma Generacional en un Genocidio

La experiencia del horror sufrida en un genocidio debido a la violencia de Estado, produce la ruptura en  la transmisión de la historia colectiva, perturbando el duelo por los muertos y generando el silencio como un modo de protección frente al terror. Este agujero sobre el trabajo de duelo se despliega en su realidad psíquica, conmocionando los vínculos, el pensamiento y la identidad de sus sobrevivientes.

Como los genocidios son situaciones que conciernen a la supervivencia, sus efectos suelen ser devastadores y como lo señaló Sigmund Freud  a partir de 1913 en “Tótem y Tabú”, nada de lo retenido a causa de esta situación traumática puede permanecer totalmente inaccesible para las generaciones subsiguientes.

El escenario terrorífico de la muerte deja su marca como algo incomprensible e innombrable, transformándose ese trauma en fragmentos no integrados como un “cuerpo extraño” (Cohen, 1985), como un “agujero negro” (Cohen y Kinston, 1986) dentro del psiquismo.

La falta de simbolización del trauma se transmite en el vínculo generacional como algo “encriptado” (N. Abraham y M. Torok, 1970), como un vacío irrepresentable dentro del psiquismo. Como hay un defecto en la metabolización psíquica del duelo, la transmisión se realiza como un objeto bizarro que no permite el trabajo del pensamiento.

Haydee Faimberg (1981) quien se ha interesado en la exploración de las consecuencias psíquicas de sujetos sobrevivientes de la Shoá, en su concepto del “Telescopaje de las Generaciones” se refiere a las identificaciones inconscientes como un eslabón en la transmisión de la vida psíquica que se  condensa en tres generaciones y que se revela en la transferencia: “Estas identificaciones inconscientes son inicialmente inaudibles, se mantienen y deben mantenerse mucho tiempo como tales en la cura psicoanalítica. El eje contratransferencia-transferencia (enunciado en este orden) es fundamental (…..) el analista debe poder contener, en la contratransferencia, la angustia de no saber (…..) Esta misma condición es lo que permite el mantenimiento mudo de esas identificaciones. De este modo el analista evita recurrir a un método de reducción de una genealogía de las identificaciones a partir de su teoría, y sin tomar en cuenta el decir del paciente.”

René Kaës (1993) en “Transmisión de la Vida Psíquica entre Generaciones”, elabora el concepto de lo no representado en la vida familiar como un estado de detenimiento en la inscripción psíquica, y con influencia en las siguientes generaciones. El trabajo de transmisión se entiende como el proceso de ligazones psíquicas entre aparatos psíquicos, diferenciando en el proceso de historización del sujeto: lo que se transmite y lo que es recibido y transformado. La categorización  del après-coup, la resignificación es lo que otorga una reinscripción interpretativa y no una causalidad lineal.

Cuando se puede incluir la presencia de un trauma generacional relacionado con  un genocidio que quedó silenciado en la historia de un sujeto, y cuando se pueden descubrir a esos “muertos-vivos”  (Willy Baranger, 1961), el análisis permitirá incluir esta dimensión que quedó como algo impensable. Será la función del analista poder detectar que el padecer de estos sujetos está relacionado con un pasado en donde esos huecos están esperando ser rellenados con la palabra, y con nuevas vivencias emocionales.

Sobrevivientes de un Genocidio: Impacto en su Realidad Psíquica

Dentro de todo discurso genocida siempre existe la violencia de seguir negando el asesinato masivo cometido, porque el objetivo es que esas muertes  no  trasciendan en el devenir de la historia. Luego de las situaciones aterradoras del asesinato masivo de un genocidio, los sobrevivientes que han sido testigos de una realidad traumática están inmersos en sus propias dudas e incertidumbres, y cuando en la sociedad prevalece la falta de reconocimiento, ellos se sienten excluidos, incomprendidos y librados a la soledad de su experiencia.

En el 25° Congreso Psicoanalítico Internacional, llevada a cabo en 1967, se efectuó por primera vez un simposio sobre los problemas psíquicos de los sobrevivientes del Holocausto Judío,  y Niederland, quien había informado acerca de sus experiencias sobre el diagnóstico y  tratamiento de las víctimas  acuñó la expresión “Síndrome del Sobreviviente”. El cuadro presentaba una depresión crónica con angustia,  graves trastornos del sueño con pesadillas en donde se revivía el pasado, alternando con retraimiento social y apatía permanente que permutaban con estallidos de furia y la imposibilidad de verbalizar las experiencias traumáticas. Los principales rasgos descriptos eran el duelo irresuelto, y un sentimiento de culpa por haber sobrevivido, ya que esto generaba conflicto por sentir que habían traicionado a sus padres o hermanos muertos.

Una de las dificultades en la instrumentación del psicoanálisis en las situaciones de genocidio o catástrofe social es delimitar claramente el material de los datos de una realidad traumática compartida, como lo definen claramente en el “Fenómeno de los Mundos Superpuestos” los psicoanalistas Janine Puget y Leonardo Wender (1982), cuando investigan lo que sucedió con la dictadura militar en la Argentina.

Esta realidad  compartida en el mundo traumático de lo cotidiano podía amenazar el funcionamiento del analista, ya que se dificultaba  poner la distancia  necesaria entre lo semejante y lo diferente que lo vinculaba con sus pacientes. Los efectos posibles de la desmentida, podían llevarlo a establecer un pacto de complicidad, tratando de olvidar el mundo exterior.

Un destino del trauma transgeneracional de un genocidio puede relacionarse con la aparición de las huellas que denuncian la falla en la transmisión, y que pueden aparecer en un análisis a través de las formas negativas en la transferencia.

El fracaso de los tratamientos, la reacción terapéutica negativa, la violencia en las reivindicaciones de amor o de odio, nos coloca frente al terreno de ese trauma congelado que toma el camino de lo desconocido y de lo indecible. Son situaciones que dan cuenta del trauma, en donde la simbolización quedó excluida dentro de su realidad psíquica y quedó sometido a la compulsión de repetición.

René Kaës (1993) describe la fuerza del impacto arrasante de los traumas colectivos como los genocidios, y que por ello, es recién en una tercera generación se puede salir del silencio.  Los efectos de la máquina de muerte ejercida desde el terror y violencia de Estado, no pueden metabolizarse ni simbolizarse, y solo podrán hacerlo si el psicoanalista reconoce la  naturaleza y su origen fuera del campo intrapsíquico.

En los casos de genocidio, hay una elaboración individual a transitar que compromete lo singular de cada uno, pero además, hay otra elaboración grupal que necesita atravesar por la memoria colectiva  para lograr su trabajo de historización.

Hay experiencias que el sujeto puede no haber vivido, pero le son transmitidas por identificación, adquiriendo sentido en el vínculo transgeneracional desde la memoria colectiva del grupo.

Reconocimiento de  Genocidios: Diferencias entre la Shoá y el Genocidio Armenio

La literatura actual y la toma de conciencia contemporánea sobre masacres masivas se originan básicamente a partir del Holocausto Judío, que significó la masacre de seis millones de judíos por el solo hecho de encarnar la diferencia: su condición de judíos.  Sin embargo, como preludio al genocidio contra la población judía en la Alemania nazi, sucedió otro acontecimiento trágicamente horroroso, un asesinato masivo sistemáticamente planificado menos conocido: el Genocidio Armenio. La violencia se impone con la estratégica negación de este Genocidio implementado por el Estado turco, desde sus comienzos hasta la actualidad, con su intención de borrar las huellas del crimen perpetrado por el Imperio Turco Otomano a principios del Siglo XX, entre 1915 y 1923, cuando fueron masacrados más de un millón y medio de armenios. Cuando un discurso genocida sostiene la negación en el tiempo, como sucede con el negacionismo político de este Genocidio Armenio, se perfecciona y perpetúa el proyecto genocida: declarar su inexistencia simboliza eliminar todos los rastros del crimen.

Respecto al terror del Estado en los genocidios, dice René Kaës (2006, a): “La violencia de la acción mortífera colectiva se acrecienta por la violencia de la denegación, del borramiento del asesinato.  Helene Piralian (1994) , a propósito del genocidio contra los armenios, destacó el alcance más general de esta violencia: el asesinato  apunta a la exclusión de los muertos del campo de la memoria de los sobrevivientes, para aquellos y también para el conjunto que forman con las generaciones que han precedido y que siguen, pone en suspenso lo simbólico.”

La negación del Genocidio Armenio implementado por el Estado turco desde sus comienzos hasta la actualidad, sin reconocer la existencia del mismo, intenta perpetuar la tarea del olvido sobre el crimen cometido y favorecer un legado histórico hasta lograr su objetivo genocida: que sea denominado el genocidio olvidado por sus escasas referencias en la historia de la humanidad.

Helene Piralian (1994) reflexiona sobre la negación del Genocidio Armenio: “En este contexto, la negación que acompaña al proyecto genocida se convierte en la pieza maestra, dado que más allá del exterminio de las personas tiene la función de sostener la desaparición de su existencia pasada a fin de que se transformen no en muertos, sino en quienes jamás existieron.”

El reconocimiento del genocidio por parte de los Estados y de organizaciones político-sociales es lo que permite recuperar el olvido, a favor de la elaboración psíquica colectiva e individual del trauma en los descendientes.

Con respecto a la violencia de Estado durante la dictadura militar en la Argentina, Janine Puget (2006, b) destaca: “La representación mental del desaparecido es la herida abierta cuya cicatrización es difícil y deja marcas imborrables, la del vacío y de la amputación.  La recuperación depende esencialmente de un reconocimiento público de orden ético y socio-político, y de la resolución de las funciones mentales primitivas sobre las cuales se apoyan. (…)  es posible que las experiencias correctoras puedan devolver un sentimiento de seguridad interior y ayudar a sobrellevar así el pánico o el terror.”

Difícilmente un Estado genocida reconoce sus operaciones de exterminio, pero el reconocimiento del Holocausto Judío y aceptación de su culpa por Alemania, con la justicia retributiva impuesta a los perpetradores nazis, sancionada por los juicios de Nuremberg, permitió nombrar a sus muertos y elaborar el duelo judío.

En el caso armenio, como crimen imprescriptible, el reconocimiento del Genocidio Armenio, otorgará ese eslabón necesario que permitirá una elaboración del duelo por aquellos muertos.  Esos muertos no reconocidos permanecen en la realidad psíquica de cada armenio como un armenio desaparecido, como muertos errantes dentro del psiquismo armenio, esperando finalmente poder ser  enterrados.

El proceso de duelo requiere un trabajo de memoria, un trabajo privado y colectivo que permita establecer un lazo con aquello terrorífico que se desmiente. Desde el reconocimiento de un genocidio, comienza el trabajo elaborativo de integración entre las representaciones de un pasado inaceptable con la realidad psíquica del dolor que impone el trabajo de duelo. Desde nuestro esclarecimiento psicoanalítico,  las realidades históricas – sociales  se articulan con las realidades psíquicas de los herederos sobrevivientes de la Shoá, el Genocidio Armenio y los familiares de los “Desaparecidos”, para que puedan salir del pacto de silencio sobre sus muertos con una resolución de elaboración del duelo.

 

Rita Cristina Kuyumciyan

Licenciada en Psicología (Universidad de Belgrano),Magister en Psicoanálisis (Universidad Nacional de La Matanza), Miembro activo y docente adjunta (Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados)

 

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Bibliografía

Freud, S. (1913).Tótem y Tabú. Obras Completas. T.XIII. Editorial Amorrortu, 1996, Buenos Aires.

Freud, S. (1919).Lo Ominoso. Obras Completas. T.XVII, Editorial Amorrortu, 1996, Buenos Aires.

Freud, S. (1921).Psicología de las Masas. T.XVIII, Editorial Amorrortu, 1996, Buenos Aires.

Kaës, R., Faimberg, H., Enriquez, M., Baranes J, (1993), Transmisión de la Vida Psíquica entre generaciones, (pág.132), Editorial Amorrortu, 1996, Buenos Aires.

Kuyumciyan, Rita (2009) El Primer Genocidio del Siglo XX. Regreso de la Memoria Armenia., Editorial Planeta, Buenos Aires.

Piralian, H. (1994) Genocidio y Transmisión. (pág. 20), Buenos. Aires, Fondo de Cultura Económica.

Puget, J., Kaës, R. (1988), Violencia de Estado y Psicoanálisis. (a: pág. 17) (b: pág. 55), Editorial Lumen, 2006, Buenos Aires,

 

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Resumen

 

Desde las investigaciones psicoanalíticas sobre la violencia del terror del Estado, se evalúan las diferencias en la elaboración del trauma de genocidios del Siglo XX que involucran a nuestra historia  como: el Holocausto  Judío, el Genocidio Armenio y la dictadura militar en la Argentina. Son huellas de asesinatos colectivos cuyos herederos necesitan articular esa realidad histórica del trauma generacional silenciada, con la realidad psíquica del dolor que impone el trabajo de duelo. El reconocimiento de un genocidio permite que ese duelo silenciado traumático como eslabón de lo irrepresentable,  sea incluido en la historización individual a partir de la memoria colectiva.

 

By |2019-10-30T16:32:59+00:00octubre 16th, 2019|Número 9|Sin comentarios