Los procesos y las formaciones arcaicas en los grupos

René Kaës

En los trabajos y los días, Hesíodo nos cuenta que al principio lo que existía (en primer lugar) fue el Abismo y el Caos: un vacío obscuro, un espacio de caída, un abismo de vértigo y confusión, una mandíbula inmensa que traga todo en una misma noche obscura.

Seguidamente apareció la Tierra, Gaia, que surgió en el seno del Abismo. Ella posee una forma diferenciada, precisa, cerrada, estable, sólida, con límites y fronteras; es el piso del mundo: esté zócalo se eleva hacia lo alto, las montañas, y también se hunde hacia abajo, en un mundo subterráneo hacia el Caos original que son sus raíces.

Como la Pachamama de los Andes, Gaia es la Madre universal, gesta y alimenta todas las cosas. Ella gesta sin haberse unido a nadie; proyecta hacia afuera aquello que contiene, por la fuerza íntima que lleva en ella.

En tercer lugar aparece Eros, energía ligada y ligante. Este Amor primordial es anterior al Eros que aparece con los seres sexuados.

Tales son las tres entidades primordiales. Seguidamente dos entidades son gestadas por Gaia: el Cielo estrellado, Urano, su igual y su doble, que la recubre en un coito interrumpido. Juntos forman una primera unidad, uno arriba y el otro abajo, pero pegados el uno al otro. Luego Gaia crea a Pontos, el Flujo marino que se insinúa en ella. Como Uranos, Pontos es lo contrario de la Tierra; es fluido informe, inasible.

Pegado a Gaia, cubriéndola totalmente, Urano no se desprende jamás de ella; mantiene sus hijos bloqueados en el seno de la Tierra. Seis Titanes y sus seis hermanas son retenidos dentro del vientre materno, como su padre había sido él mismo incluido en Gaia. Los otros hijos también son retenidos en la obscuridad, confinados en el espacio; los Ciclopes y los Hecatónquiros, entidades de la fulgurancia, de la fuerza brutal y la dominación.

Embarazada y comprimida por sus hijos que la ahogan, Gaia los vuelve contra su padre. Ella arma a Cronos, el más joven de los Titanes, con una hoz de metal blanco acero, que ella fabrica en su propio interior. Desde adentro de su vientre materno él emascula a su padre. Cronos tira desde atrás el miembro viril cortado de su padre y de algunas gotas de sangre nacen las Erinias, los Gigantes y las Ninfas de los grandes árboles. Urano gritando de dolor se desprende de Gaia y se va a fijar definitivamente en lo alto del mundo.

La castración de Urano es el primer momento de la violencia separadora. La Tierra y el cielo están separados, un espacio libre es creado, desbloqueado; el tiempo se ha transformado, las generaciones pueden sucederse y mantenerse ahora como el día y la noche.

I. LO ARCAICO Y EL ORIGEN: ENSAYO DE DEFINICIÓN

Primero quisiera introducir una diferenciación entre lo arcaico y la cuestión del origen, aunque las dos raíces, una griega, otra latina, se refieren, ambas, a un tiempo y un espacio de donde procede todo ser, toda cosa y toda vida.

Si uno sigue las indicaciones de la etimología griega de la palabra arch (Arché), lo arcaico es aquello que se sitúa en el comienzo, al inicio de todas las cosas, y entonces en su principio y en su origen. Lo arcaico es una forma radical de lo Negativo; el vacío, el abismo, el caos. Pero si está en el origen de las cosas, el poder de lo Negativo determina un poder de dominio sobre ellas. Aquello que está en los comienzos estará así dotado de un poder y una energía nativa, de cierta manera no transformable, incluso después que un primer principio y una primera forma de organización ordenan el caos dando al abismo un piso, un zócalo que forma un punto de apoyo y un tope, definiendo un arriba y un abajo, un adentro y un afuera. Sin embargo, el caos y el vacío retornan inmediatamente bajo otra forma, aquella de lo demasiado lleno y del exceso. Nuevas categorías aparecen, por ejemplo en la forma opuesta de la unión y del rechazo [1].

Este poder de los comienzos se relaciona con el mito, que es el relato secundarizado de la consistencia negativa y positiva de lo arcaico, una fuerza terrible, sagrada, que triunfa sobre el caos, el vacío de la noche de los comienzos, por un orden creador. Pero este poder de los comienzos es también eminentemente frágil: la vida y la muerte están apenas separadas una de la otra, y la incertidumbre es grande tanto en su unión como en su separación. Estas fuerzas del engendramiento nacen de formas elementales, brutas, primeras y primitivas. Estas son todavía figuras de lo arcaico.

La etimología latina de la palabra origen indica primero un lugar; la boca (os, oris), un espacio hueco de donde nace el sol (el oriente), también un poder de engendramiento, y en la misma mutación que hemos notado en lo arcaico, un poder de desaparición, de aniquilamiento y de muerte, seguido de resurrección. Comienzo, inicio, origen (es decir génesis) a partir de la boca, o del agujero de donde procede un proceso, un tránsito, un ciclo de transformación; de esa manera la representación de la diosa egipcia Nout, que cada noche se traga el sol y lo da a luz cada mañana.

Caos – organización, abismo – zócalo, vacío – exceso, vida – muerte, unión – separación, cada uno de estos términos implica una pregunta sobre la causa: la función del mito es enunciar, después de todo, una serie de transformaciones. Seguramente, las categorías de lo arcaico y del origen tienen en común los contenidos de representaciones idénticas, sin embargo tienen status epistemológicos muy diferentes: lo arcaico designa la materia y las formas de los comienzos, la cuestión del origen es aquella que nos lleva a conocer la génesis, los principios, la causa y la disposición de esta materia y estas formas de los comienzos. La cuestión del origen, por la representación que ella proporciona de estas formas arcaicas, nos sitúa como sujetos de este saber, y podemos entonces preguntarnos qué movimiento (psíquico, social, cultural) nos vuelve posible ubicarnos en el origen de la constitución de este saber.

La cuestión del origen se plantea cuando estamos compelidos a encontrar una repuesta a una catástrofe, a un caos, a lo irrepresentable que será representado con dicha repuesta como que viene de lo arcaico. La cuestión del origen nace en el mismo movimiento que nos conduce a buscar en la representación de la causa una transformación de lo desconocido radical, terrorífico, para volverlo cognoscible a partir de lo cual podrán ser dominadas las angustias y los enigmas de los comienzos. Podríamos decir que la materia de la representación del origen es lo arcaico, y que la repuesta sobre el origen transforma lo arcaico en una escena y en una historia; una escena de los orígenes, en la cual los protagonistas primitivos, violentos y poderosos engendran el mundo y nuestro destino. En estas escenas, aquellas de las fantasías originarias, del sueño y del relato, nosotros transformamos en objeto del pensamiento aquello de lo arcaico que está en juego en el origen. Pero, solamente tenemos acceso a esas escenas, transformadas por nuestros relatos, con un tiempo de latencia necesario para que sobrevenga el trabajo de la resignificación (après-coup) y el proceso de historización.

Tanto por razones lógicas como psicológicas estamos condenados a representarnos el origen y lo arcaico con las categorías temporales del après-coup, porque no estábamos ni en aquel tiempo ni en aquel lugar, solamente tenemos marcas, huellas, conjeturas, a las cuales reconstruimos con sus formas y su sentido resignificado (après-coup).

Acerca de las categorías de lo arcaico y del origen en el psicoanálisis 

Intentemos ahora diferenciar, de una manera que será demasiado esquemática, como estos dos conceptos han sido establecidos en el uso que el psicoanálisis ha hecho de ellos.

La categoría de lo arcaico designa un estado primitivo de la construcción del objeto y de los procesos que lo presiden. Corresponde a un estado en el cual la estructuración del objeto no se ha cumplido aún, y correlativamente el Yo dispone de mecanismos de defensa rudimentarios para hacer frente a los violentos movimientos pulsionales, a las primeras fantasías que lo invaden y a las angustias incontenibles que lo asaltan. Coincide con un comienzo indiferenciado, no subjetivado, todavía no transformado por la introyección o la proyección, en el cual prevalecen formaciones y procesos relativamente simples, organizados por la lógica de las relaciones binarias y por las formas primitivas de investiduras y de representaciones. Lo arcaico designa una forma no-subjetivada del inconsciente y de sus mecanismos de defensa. Lo arcaico está caracterizado por sus efectos de repetición sin transformación.

La categoría del origen es una categoría epistemológica. He intentado establecer que ella se relaciona con las representaciones relativas a la cuestión del origen. La categoría del origen define, en efecto, otra representación del tiempo y del espacio; aquella, paradojal, una ausencia del sujeto a lo que le da origen, al mismo tiempo que le exige el proceso de su auto-representación. El carácter paradojal de lo originario puede verificarse en particular en las fantasías originarias. La fantasía originaria pone al sujeto en una posición paradojal.

Está en un lugar y en un tiempo donde no estaba, y a la vez en un tiempo y en un lugar donde él ya está en el deseo de otro. La fantasía de la escena originaria es el organizador de la escena de la relación sexual entre los padres, de la cual proviene el niño, pero también hay una escena en la cual el niño puede representarse ahí como observador de esta relación, y quizás como su causa. Finalmente, en un retorno defensivo, el niño puede representarse concebido según el modo del auto-engendramiento.

II. EL AGUJERO DE LA AUSENCIA AL COMIENZO DE UN GRUPO DE PSICODRAMA

Para poner a trabajar estas categorías, voy a exponer y comentar las tres primeras sesiones de un psicodrama de grupo que conduje con una co-psicodramatista[2], esclareciéndolas con el desarrollo de los momentos del grupo en el curso de las sesiones siguientes. La particularidad de este psicodrama es que proponemos a los participantes hablar de situaciones clínicas difíciles encontradas en su práctica, y de jugar según el método del psicodrama psicoanalítico de grupo. El juego es seleccionado a partir de un tema que les viene a la mente a partir de sus asociaciones, que no reproduce directamente la o las situaciones que ellos han evocado. La elaboración de las situaciones clínicas difíciles se efectúa a través de este desplazamiento del relato del caso hacia una escena imaginada que no es el caso clínico. Este desplazamiento implica un desprendimiento de la situación difícil, a menudo muy saturada de elementos traumáticos para los terapeutas y para sus pacientes.

Ocho personas se inscribieron en este psicodrama. Una condición previa para la inscripción era que debían tener una experiencia personal previa de análisis. Tres personas solamente están presentes en el momento en el cual comienza la primera sesión. Mi colega y yo anunciamos que, para esta primera sesión, esperaremos a los retrasados durante algunos minutos antes de presentar las reglas de funcionamiento de este tipo de psicodrama. Durante ese lapso de espera llega Claude (el único hombre inscripto) y Verónica que se equivocó de dirección. Los otros tres participantes no vinieron. Su asiento quedará vacío, pero presente en la sala durante las tres primeras sesiones.

Nosotros estábamos preocupados por “el agujero” que produjeron estas ausencias en el espacio y en el tiempo de comienzo del grupo. No sabíamos nada de las “causas” de esta ausencia masiva y no habitual. Nosotros mismos estábamos enfrentados a una “situación difícil”, como probablemente también los participantes, pero no sabíamos si ellos lo sabían. Los participantes no dijeron nada de esas tres sillas vacías, evitaban mirarlas, hacían como si nada les preocupara. Luego de haber presentado el dispositivo de psicodrama y enunciado las reglas de funcionamiento del juego, un silencio se instala, algunos participantes se mueven continuamente en sus asientos, otros conservan una mirada fija, o bajan la cabeza. Para dar una primera forma al caos interno y al vacío que los invade (ellos sólo hablarán mucho más tarde), organizan una “ronda”  (tour de table); se presentan muy brevemente a través de su situación profesional. Descubren así una característica común; que todos son psicoterapeutas.

Un nuevo y duradero silencio se instala. Luego, Verónica expone las dificultades de su trabajo con una pequeña niña autista de dos años: la niña no habla, no se mueve, no comunica, pone sus dedos en su boca y grita, la describe, el resto del tiempo, como “inanimada”. Verónica dice que la ha “heredado” luego de que el médico consultor la había confiado, sin gran esperanza, a una psicoterapeuta que al caer enferma le ha pedido ocuparse de la pequeña. Verónica aceptó en seguida sin discutir, y ahora se presenta como una terapeuta impotente, abandonada por el médico consultor, sin apoyo en la institución, condenada entonces a investir, a pensar lo impensable; a hacer vivir lo inanimado de una pequeña niña, colocada ahí, como un paquete demasiado pesado.

Describe las sesiones con la niña, sus padres y un bebé de siete meses que los acompaña, acostado en un Moisés. Durante las sesiones el padre se duerme regularmente, la madre no soporta los gritos de la niña y se escapa con el bebé, “para que no se contamine”.  La madre cuenta que cuando la pequeña grita y pone sus dedos en su boca, su marido y ella le atan los brazos, lo cual incrementa los gritos de la niña. A pesar de todos los esfuerzos de Verónica (ella le habla a la niña acostándose con ella sobre el piso, le ha comprado muchos juguetes para intentar jugar con ella,…), pero no pasa nada. Sin embargo los padres vienen regularmente a las sesiones “lo que no es nada”, y recientemente la niña ha sonreído, ha dado algunos signos efímeros y frágiles, gestos desordenados percibidos por Verónica como tentativas de comunicación.

Al escuchar a Verónica, pienso que ella es el piso, el suelo materno que puede dar un zócalo al caos, contener la apatía y la herida narcisista intolerable abierta en los padres y en los terapeutas por esta niña insuficientemente buena. Advierto que mi colega y yo también estamos capturados por estos movimientos contratransferenciales negativos ante este grupo, vaciado desde su inicio, con el abismo de las tres sillas vacías. Pienso que los juguetes que ella ha comprado son objetos inertes, por falta de un espacio de juego.

Eliane asocia con la terapia de un niño de siete años, un “niño de la pasión”, enfrentado a un padre asesino y a una madre amante. En el curso de una sesión con este niño, Eliane dice que se sorprendió, ella misma, al canturrear y que el niño se enganchó con esta música para poner ahí palabras. Vemos aquí un espacio de juego que se esboza. Eliane le dice a Verónica que la familia de la pequeña niña viene a escuchar la música de su voz y que las palabras están por salir. Es una esperanza.

En sus asociaciones, los participantes están divididos entre la identificación y la impotencia de Verónica (“lo que ella hace, nosotros lo hacemos en todos estos casos, “es una gota de agua en el lago”) o bien, por el contrario, ellos están bajo el efecto de la espera esperanzada sin la cual nada es posible (“un día vendrá la sorpresa de un oasis y la fecundidad del desierto”), pero continúan quejándose de la dificultad en encontrar un tema de juego. Las imágenes de vértigo y de la noche acompañan sus palabras, pero también, pegados unos a los otros, la densidad de los afectos los amenaza de una explosión.

Luego de esta sesión, mi colega y yo, hablamos de nuestra espera y nuestra impotencia ante la ausencia de los participantes, de este agujero “impensable” y de aquello que fabrica, no se sabe dónde, lo imprevisible. Buscamos identificar su causa (es decir el origen y su determinación), sin lograrlo ¿Dónde está la falla? ¿Dónde está la equivocación? ¿Del lado de la prehistoria del grupo, en un error de la secretaría? Recuerdo que en otro psicodrama que comenzó sin ningún incidente particular, inmediatamente ocupó la mente de los participantes, ante la situación clínica mostrada, la pregunta sobre la causa del desastre. La búsqueda de la causa, el origen del mal, al ser atribuida inmediatamente y con urgencia, impide pensar en la repercusión psíquica ante el vacío, lo inanimado, el caos de la violencia y la destructividad. Estábamos ambos conmocionados por la resonancia de los temas abordados a partir de este caso, y al mismo tiempo su perlaboración, en el trabajo asociativo y las transferencias. Nosotros trabajamos los movimientos contratransferenciales e inter-transferenciales que nos movilizaron a partir de esta situación común y compartida.

Desde el comienzo de la segunda sesión, las imágenes que habían circulado al fin de la primera sesión son retomadas y dan nacimiento a los temas del juego. Asociado a la gota de agua en el lago, el siguiente tema es propuesto: ¨daríamos un baño al bebé, en presencia de toda la familia, pero la bañadera estaba agujereada, el agua se escurría por todas partes e inundaba todo el espacio¨. Este tema suscita intensas angustias de muerte (tirar el bebé junto con el agua del baño), de vaciamiento, de no-continencia; posteriormente el tema del oasis es evocado: en el desierto, el agua es escasa e imprevista, pero es benéfica.

Un tema es propuesto y adoptado para un juego: “una expedición, mal preparada, en el desierto”. Todos los participantes se proponen para actuar un rol, aunque algunos participantes se preparan para jugar desde su lugar, mientras que otro se precipita en el espacio del juego antes de que comience. Nosotros intervenimos para recordar la regla y afirmar la especificidad de cada espacio y de cada tiempo. El juego comienza, los viajeros están inquietos, es el momento en que cae la noche. Ellos temen que el agua no sea suficiente y se alarman pues los pozos de agua están a tres días de marcha. El conductor de camellos (Claude) deja a los viajeros experimentar sus preguntas e inquietudes, pero también los tranquiliza: si bien, no lo puede todo, conoce el país y sabrá conducirlos a los pozos de agua. Eliane actúa como una adolescente muy inquieta, le reprocha violentamente a su madre (Verónica) de haberla llevado, sin experiencia, a una aventura desconocida ante la cual su preparación era deficitaria. Dos mujeres se hacen eco de la inquietud del grupo: una actúa de enfermera experimentada y la otra de una mujer sola y muy desorientada.

El conductor de camellos organiza el “campamento”: demarca los límites, reparte el trabajo de armado de la tienda y la preparación de la cena. Los viajeros se preguntan sobre los peligros de la noche (serpientes, escorpiones), el riesgo de perderse y no encontrar el hipotético oasis, sobre la distribución controlada del agua, sobre la oportunidad de hacer una reserva de agua para el té (“el agua para el té es sagrada”, afirma el conductor). En la noche, ellos alucinan cantos extraños, pasos que se aproximan, huellas humanas y una caravana a lo lejos.

Luego del juego, los comentarios se refieren sobre la espera de otra presencia, su inquietud de perderse en el espacio, y también sobre el apoyo que pudieron tener en el conductor de camellos; él supo transformar su espera ansiosa en “espera esperanzada”. Ha proporcionado un piso al caos, un zócalo, un límite. Mi colega y yo señalamos que en el juego la alucinación de la caravana, quizás esté en relación con la ausencia (y la espera) de las tres personas ausentes. Verónica vuelve sobre su propia espera ante la pequeña niña autista y su familia.

Al comienzo de la tercera sesión. Eliane habla de otra situación difícil tanto para ella como para un grupo de adolescentes que ella tiene en terapia. Uno de ellos, que ha sido hasta ahora el centro del grupo, ha decidido irse sin decirlo al grupo como había sido previsto en el contrato inicial. Repite una situación de abandono; abandona el grupo como él ha sido abandonado por su padre y como también su madre ha sido abandonada por su esposo. Otro adolescente, su “doble” en el grupo, se apresta también a dejar el grupo, con el mismo argumento que el primero. Le dice a Eliane: “ahora andamos mejor, mis padres están de acuerdo para que yo me vaya del grupo”. La terapeuta se siente en falta, qué falla habría cometido ella pues no sabe cuidar a sus pequeños. Nosotros entendemos la relación de este caso, con la transferencia sobre nosotros, sobre los “ausentes” y sobre el grupo; nosotros también hemos congregado un grupo amputado, desde el origen, por tres ausentes, no hemos sabido conservar a todos los bebés, el grupo es un agujero abierto.

Un tema de juego es propuesto: “un no vidente ante la pérdida de la vista, debería investir otros sentidos: el oído, el tacto, el olfato. Varias personas intervendrían para ayudarlo a suplir esta pérdida de la visión”. Claude juega ser un ciego muy sumiso y resignado a soportar su suerte; recibe los cuidados de una enfermera, actuada por Verónica.

Eliane juega el rol del hijo del ciego, un adolescente de 15 años. En el curso del juego, Eliane se da cuenta, con sorpresa, que el nombre que ha elegido en el juego (Nicolás) es el nombre de uno de los adolescentes del cual habló en la sesión precedente, aquel que quería irse del grupo sin decir nada a los otros miembros. Nicolás insiste con su padre para que él acepte un injerto, invocando el progreso de la cirugía. El padre no acepta, utilizando un argumento fútil, que en realidad no ha perdido nada, perder la vista no tiene importancia y que se va a reponer. La enfermera anuncia entonces que el hermano del ciego (ella lo nombra ¡Luis!), un hermano “perdido de vista” desde hace veinte años, ha llegado del extranjero y va a venir a verlo de un momento a otro. Yo entro en el juego tomando el rol del oído de Luis y expreso con fuerza mi enojo frente a la ceguera de mi hermano, no puedo aceptar que él acepte pasivamente su amputación, que niegue su ceguera.

Un trabajo intenso se efectúa después del juego; cada uno expresa cómo se vio enfrentado a su propia impotencia ante una pérdida impensable. Mi intervención en el juego ha movilizado los sentimientos de cólera reprimidos ante su impotencia. Verónica evoca su propia pasividad frente al “paquete inerte”, pero también a la condensación de violencia que representa su pequeña paciente, sus fases de actividad y de pasividad y sobre todo, su incapacidad de pensar todo este caos familiar, mientras prevalecen en ella sus fantasías de impotencia.

Elaboraciones en el curso de las tres primeras sesiones

En el curso de estas tres primeras sesiones, un proceso de transformación se ha puesto en marcha. Hemos pasado de lo impensable del agujero de la ausencia, del abismo, a la representación de la pérdida y de la falta. El abismo, que es la figuración del negativo de la ausencia, es diferente de la falta que permite pensar. Sin embargo, es la resignificación (après-coup), de lo que está más allá del abismo, que ha podido ser pensada. Seguimos su mutación en la transformación de los temas del juego y en los juegos mismos: el baño del bebé, la bañadera agujereada, el agua que se escapa por todos lados inundando todo el espacio; luego el tema del oasis y el desierto, el agua escasa y el viaje precario en el desierto, sus peligros, principalmente el estar sin agua. Una historia del grupo se pone en marcha en el curso de este juego. Hay que notar que el conductor de camellos, que ha introyectado en el grupo la función continente y de puesta de límites del zócalo-piso, pone en acción la función diferenciadora del espacio y del tiempo. Él participa en el mantenimiento del encuadre, del cual los psicodramatistas son los garantes, y que ellos lo habían restablecido cuando el espacio del juego fue transgredido. Una vez asegurado el apoyo sólido de la función continente y delimitante del encuadre, los participantes han podido poner en juego la escena de la pérdida (de la vista y del oído). La falta es primero denegada, luego es reconocida en el movimiento en el cual los afectos son reinvestidos.

El momento inaugural de este grupo ha movilizado las angustias de nacimiento catastrófico, de ataques contra la envoltura grupal, movimientos de abatimiento y de defensas como la apatía ante la inquietante incertidumbre, sobre la capacidad del grupo y de los psicodramatistas, de hacer existir el grupo como objeto que emergería del caos y que podría contener los objetos internos de los participantes.

Quisiera señalar que, en este grupo, nos encontramos de entrada, con lo que he denominado la negatividad radical (R. Kaës, 1989); la negatividad radical es aquella que, en el espacio psíquico, tiene el status de “aquello que no es” y que no puede ser positivizada. La negatividad radical se impone en este grupo en las figuras del vacío, de la ausencia y del abismo del no ser. En este grupo, no podemos hacer nada contra la ausencia, salvo el dispositivo que hemos puesto en marcha, en el corazón del cual hace irrupción, el poder pensarla. Sin embargo para restablecer la negatividad radical en el campo del pensamiento, es necesario que el poder del abismo sobre el grupo (aquel que es atribuido a los ausentes), encuentra en cada uno su correspondencia con el poder de fascinación y de sumisión pasiva que él ejerce.

Para intentar desprendernos de esta fascinación, la cuestión de la causa aparece en la mente de los psicodramatistas, acompañadas de todos los matices de la culpabilidad persecutoria, depresiva y neurótica. Estamos de entrada presos en esa correlación, entre la búsqueda del origen de las formas y las fuerzas arcaicas, la de la causa que las pone en movimiento, y la culpabilidad que experimentamos al no poder garantizar la integridad del objeto-grupo. De esta manera intentamos transformar la negatividad radical en negatividad relativa. El redoblamiento de las situaciones clínicas “difíciles” (para su elaboración habíamos convocado a los participantes) y de la situación difícil actual, convocamos a trabajar nuestras pre-investiduras sobre este grupo de psicodrama, la arqueología de su prehistoria, nuestro deseo de hacer nacer este grupo y nuestra “responsabilidad” frente a él y con los participantes. Aquí se pone a prueba la soledad de los psicodramatistas, como también la de los terapeutas ante sus casos difíciles. Sin embargo, su trabajo específico es el análisis de sus posiciones contratransferenciales e intertransferenciales, acerca de lo cual volveré al fin de este artículo.

Desarrollo del proceso en las sesiones ulteriores

Unos participantes, ausentes en el curso de las primeras sesiones, nos han pedido integrarse al grupo. Nosotros no hemos aceptado. El trabajo de la puesta en representación del abismo, de la ausencia y del caos va a seguir en el curso de las sesiones ulteriores, en un movimiento en espiral. Uno de los participantes propone un cambio de perspectiva sobre el ¨agujero¨: se lo ve de otra manera si lo esclarecemos, si es una excavación, en la cual vendrán a construirse las fundaciones de una casa, se vuelve un agujero para el porvenir. Se puede comprender que estas asociaciones son una tentativa de transformar lo negativo en positivo, aunque también es un movimiento de identificación de los ausentes, y de transformación del agujero en un espacio para un nacimiento. Sin embargo, las situaciones clínicas difíciles expresan otra cosa; la confrontación con el fin de una terapia difícil, la denegación de la separación en el terapeuta, la muerte de un paciente. En esos momentos, los juegos hacen emerger otras dimensiones de la confrontación con la muerte; los deseos de muerte insostenibles que infiltran las relaciones con los seres queridos, las vivencias de abandono y de desamparo, las experiencias de despersonalización, y nuevamente, la impotencia frente a la ausencia y la pérdida del objeto. El telón de fondo transferencial de este momento, es el odio y la decepción frente a nosotros que no hemos podido ni querido resucitar los ausentes del primer día, esperados en vano y para siempre desconocidos. Una transformación se produce, con la emergencia de la cuestión de la muerte. Los ausentes se vuelven participantes fantasmas (fantôme) que van a habitar el grupo interno de cada uno. Cada uno se encuentra ante lo incognoscible depositado en ellos, para intentar integrarlo, aquí y ahora, en su propia historia y en la del grupo.

Con la transferencia negativa se elabora la representación de las figuras tiránicas en el grupo, en sus respectivos lugares profesionales, y en su historia personal. Esta elaboración pone de relieve los beneficios inconfesables del vínculo con la tiranía (un motivo se constituye así) y el goce, que se pone en marcha en este tipo de vínculo. Podemos cuestionar el odio puesto en acción en el vínculo que se establece con los “ausentes”, en este grupo que debió constituirse alrededor de un agujero y de un vacío dejado por aquellos que no concurrieron, que los han olvidado y dejado de lado, con la vana esperanza de su presencia. El análisis permitirá esclarecer un aspecto importante del juego: hasta ahora todos los participantes han participado en todos los juegos; estar juntos con nosotros en la escena del juego es una manera de hacer fracasar el retorno del traumatismo inicial, al mismo tiempo cada uno puede encontrar su lugar en el grupo. La cuestión del abismo se transforma en el de la separación. Esto sucede porque, en la transferencia, no es posible pedir a uno de los psicodramatistas actuar, estando esa posibilidad abierta por las modalidades que nosotros hemos puesto en juego, y como yo lo he mostrado al participar en el juego del ciego. Un tal pedido de actuar a los terapeutas implicaría el riesgo de separarnos; uno jugaría y el otro no.

En el curso de las sesiones siguientes, los temas de juego propuestos tenían por función, esencialmente, generar un tope a su odio; el odio que experimentan ante sus pacientes, el de los pacientes ante la mirada de su madre, y en la transferencia negativa el odio de ellos ante nuestra mirada. Ellos evocan las decepciones irremediables, el aburrimiento aniquilante y las exigencias imperativas de regalos imposibles de encontrar.

En este contexto, un juego muy lento va a ponerse en escena; la tiranía de una madre que ejerce su posesión sobre los objetos internos de su hijo. Madre e hijos se dirigen a un negocio de juguetes, el hijo exige recibir el mismo camión rojo que ha perdido, que la madre ha tirado a la basura, pero la madre lo descalifica y le impone substitutos inaceptables para el niño. Las tentativas de la vendedora para hablar de la tristeza del niño, para que él hable de la historia de ese camión resultan vanas, la madre y el niño hacen obstáculo a estas tentativas y se aferran a su queja. El juego hace revivir masivamente el vínculo adhesivo y destructivo entre el niño y su madre. Tanto uno como el otro se adhieren los dos en un vínculo fuera de toda temporalidad. La madre repite la violencia del perjuicio inicial, lastimando todos los objetos que le propone al niño. El niño a su turno se vuelve violento, la escena genera angustia en los participantes, ella se sidera, el tiempo está suspendido. La vendedora pide a la madre una foto del camión, reconoce en el chico al niño de un año que figura en la foto y propone buscar la marca de fábrica del camión.

La elaboración del juego se hará muy lentamente en varias sesiones. El juego ha convocado en cada uno, una vez más y bajo otra perspectiva, las experiencias traumáticas recientes o más antiguas. En sus mentes los fantasmas ausentes se vuelven niños tristes o tiránicos, habitados como ellos por objetos perdidos, prestos a robar lo que desean “perdidamente”. Su pensamiento está de nuevo fijo, el tiempo, la historia, la memoria ha sido puesta fuera del juego psíquico. Los participantes se volvieron a poner en contacto con la patología de sus jóvenes pacientes; los espacios psíquicos arrasados, la vida psíquica del niño ante la violencia del traumatismo, la sideración provocada por la destructividad de la madre, la impotencia del terapeuta para reanimar el vínculo madre-niño.

El juego y la elaboración que siguió permitieron también a los participantes trabajar los efectos traumáticos de la primera sesión, reconocer las angustias ¨arcaicas¨ que vivieron y el trabajo de perlaboración que el grupo, el juego y nuestro trabajo han vuelto posible. La capacidad de encontrar en el grupo un espacio de expresión de los movimientos de odio, sin que el grupo, los otros o los psicodramatistas sean destruidos, les fue muy precioso. El odio en la transferencia es una experiencia difícil para los terapeutas; una pareja les ha privado de los niños esperados, alter ego desconocidos para siempre, una parte de ellos mismos de la cual han tomado conocimiento. Este vacío que nosotros no hemos querido colmar, ha desarrollado en ellos una esperanza, que quedó en suspenso, no satisfecha, como la del camión de las ruedas rojas, tirado por la madre, perdido para siempre para el niño, y que ahí el mismo niño se pierde. Pero aquello que es impensable en el caos, el vacío y el trauma de los orígenes ha podido ser integrado a un pensamiento cuyos movimientos son sostenidos por la necesidad de dar una representación del origen.

III. LA EXPERIENCIA DE LO ARCAICO EN EL GRUPO

Podemos identificar en las tres primeras sesiones de este psicodrama como surge lo esencial de la experiencia de lo arcaico en un grupo; un agujero en el espacio, una cosa incalificable, una experiencia del espanto. El caso presentado por Verónica está en relación directa con la experiencia del caos y del exceso. Para ¨hacer vivir lo inanimado¨, Verónica intenta un relato, una separación por las palabras que forman un marco representacional, un continente y una envoltura en la cual depositar, simbolizar y contener el caos y el vacío.

Solamente más tarde, en una suerte de ralentí de las secuencias condensadas por los afectos violentos del comienzo, el derrumbe del espacio será perceptible y con él la experiencia de la pérdida de los límites. El primer tema de juego, no jugado, es el tema del baño del bebé, de la bañadera agujereada y del agua que se escapa por todos los lados. He señalado que este tema genera intensas angustias arcaicas de vaciamiento, de no continencia, y que el tema del oasis, donde el agua es escasa e imprevista, pero benéfica, vendrá a calmar estas angustias. El momento más importante del juego ha sido aquel en el cual Claude ha trazado los límites en el espacio, estabilizando así las relaciones entre el adentro y el afuera, cumpliendo una función de continencia y transformación, en apoyo a nuestro interés en mantener las diferenciaciones en el espacio del juego y de la palabra. En la fase inicial, el trabajo del grupo consiste en construir los límites y la envoltura, ésta es la condición para que el proceso terapéutico o de formación pueda iniciarse. Es un trabajo que se efectúa siempre en la fase inicial de los grupos porque la regresión hacia la inestabilidad de las fronteras del Yo (Freud, 1929) moviliza el ¨sentimiento primario de un Yo ilimitado…¨. Este sentimiento es la fuente de angustias arcaicas que afectan a los miembros del grupo. Cada vez que, las regresiones masivas se producen en los grupos, este trabajo se emprende de nuevo.

Las angustias arcaicas en los grupos

La aparición de las referencias espacio-temporales habituales hacen regresar a la psique hacia sus capas más arcaicas; que son fuentes de angustia. En este grupo podemos identificar varias formas de angustias arcaicas. Todas estas angustias no corresponden a elaboraciones de fantasías arcaicas. D. Anzieu ha descripto las categorías de los significantes formales como formas arcaicas a las cuales corresponde una acción específica; una superficie se frunce, un apoyo se derrumba, una cavidad se vacía. En estas representaciones, el objeto y el sujeto no se diferencian, no se han constituido todavía. No se trata entonces de fantasías, en la medida en que éstas comportan una estructura ternaria; agente, acción, objeto, y procesos de reversibilidad (activo-pasivo, retorno contra sí mismo, transformación en lo contrario).

Las angustias de derrumbe han sido persistentes en la mayor parte de las sesiones; son la marca inicial de un trauma y corresponden a la forma arcaica de un significante formal: ¨un abismo se abre¨.

Las angustias de vacío, de vaciamiento y derrame, que nacen de la incapacidad de tapar los agujeros, de colmar los abismos de un espacio sin fondo, y de contener los elementos vivos y vitales. En el psicodrama, estas angustias primitivas se vuelven manifiestas en los temas de la bañera agujereada y de la escasez del agua. Asociada a estas angustias, tenemos las de desecación que aparece en los temas del desierto[3].

Las angustias de explosión o de implosión, se manifiestan en el grupo en el momento en el cual los participantes están enfrentados a una intensidad de afectos que se han pegado unos a los otros, con sensaciones de vértigo. D. Houzel (1985) asocia las angustias de explosión al choque en las configuraciones arcaicas de las fantasías de la escena primitiva.

Las angustias de desgarramiento y dislocación están ligadas al temor de que el grupo, que en este caso es una proyección del espacio corporal, se desintegre. Los primeros movimientos de diferenciación del cuerpo y de las psiquis en el grupo suscitan estas angustias, que en el juego del ciego se expresan en un doble registro, arcaico y neurótico, de amputación. Los conceptos de inclusión recíproca y de espacio imaginario (Sami-Alí, 1974) aportan un grado de precisión suplementaria a esta forma de angustia arcaica en los grupos.

La inclusión reciproca se despliega en un espacio formado por la proyección y la ambigüedad del adentro-afuera. La proyección organiza un afuera a la imagen de un adentro, y recíprocamente el exterior es la imagen del interior; ella crea simultáneamente la distinción adentro-afuera al mismo tiempo que la vuelve ambigua; todo objeto externo se vuelve realidad interna. La integridad del vínculo entre la imagen del cuerpo y la presencia del otro corre el riesgo de desintegrarse cuando el otro no ofrece ninguna perspectiva de protección contra la inclusión mutua. Correlativamente la angustia está ausente o se disipa cada vez que el Otro no es percibido como una presencia impersonal e inasible, sino como una presencia continente, calmante y diferenciadora. Fue de esta manera la función de los psicodramatistas al intervenir, al restablecer los límites y la diferenciación de los espacios, como fue también la función del conductor de camellos en el juego.

Las angustias de adosamiento y de desgarro están muy presentes en las últimas sesiones, en particular en la escena del niño con el camión rojo y su madre.

Otras formas de la angustia arcaica son frecuentes en los grupos, aunque no están activas en todos los grupos. Las angustias de ruptura descriptas por G. Haag (1985) son aquellas del niño que teme sentirse cortado en dos mitades y caer en el agujero así creado. La fantasía genital y edípica del grupo como un vientre repleto de niños y en el cual penetra la potencia fálica de la palabra del analista es a menudo una defensa contra una angustia más arcaica: la del encierro en el vientre materno del cual es imposible salir, como el de Gaia.

El grupo es vivido como un cuerpo dotado de una boca en la cual se engullen los bebés, y de una multitud de cabezas o una multitud de brazos, como la Hidra de Lerna y los Hecatónquiros. Otras representaciones son las representaciones arcaicas del apoderamiento brutal y destructivo. Las angustias arcaicas de devoración descriptas por D. Anzieu corresponden al predominio de las pulsiones sádico-orales y de una fantasía en la cual el grupo está representado como una madre nutricia, a la cual el lactante la devora con la mirada, y que como los Ciclopes, puede aniquilar al bebé.

Identificaciones y mecanismos de defensa arcaicos

A. Missenard (1972) ha señalado que las relaciones que se establecen en los pequeños grupos, en particular en su fase inicial, son identificaciones arcaicas más que relaciones de objeto. Estas identificaciones son, en el desarrollo libidinal, la forma más primitiva de toda relación: los límites de uno y del otro están mal definidos, la pérdida de uno es sentida como una pérdida en el otro y las identificaciones se hacen sobre el modelo de la incorporación. Los grupos reactivan las identificaciones arcaicas que han existido en cada uno en los comienzos de su historia. En el grupo, los sujetos funcionan como en esos periodos iniciales del desarrollo con los movimientos antagonistas correspondientes: deseo de fusión y angustia de intrusión, deseo de incorporación y angustia de padecerla. Otras modalidades de identificaciones, adhesivas y proyectivas, han sido descritas. Tomando apoyo en las investigaciones de M. Torok y N. Abraham, J-C. Rouchy (1980) ha puesto en evidencia el rol de las incorporaciones en las formaciones arcaicas activas en los grupos.

En cuanto a los mecanismos de defensa contra las angustias arcaicas,… hemos apuntado algunos de ellos en el análisis de este grupo: retracción, apatía, silencio; fragmentación y desmantelamiento; alucinación negativa y alucinación ¨blanca¨: vuelta contra sí mismo de la destructividad; proyección y clivaje.

Narratividad y dramatización en la elaboración de la experiencia de lo arcaico

Si, para concluir este estudio, ensayamos comprender como en este grupo, el traumatismo inicial, del cual surge la experiencia de lo arcaico, es trabajado, transformado y ligado en un pensamiento, debemos prestar atención sobre dos procesos.

El primero es el de la narración que exige el relato de los casos difíciles. A continuación de esos relatos, otra forma de narratividad es solicitada, aquella que produce la investigación del tema del juego, que obliga a despegarse del caso clínico, al mismo tiempo que convoca a los participantes a ese momento de la experiencia traumática donde falta lo imaginario y, con él la función del preconsciente. Luego el juego define también otra forma de narratividad, dramatizada, escenificada, en la cual los afectos congelados se vuelven de nuevo vivos y peligrosos. Una cuarta forma de narratividad se produce en el momento de las asociaciones luego del juego. Esta narratividad coloca nuevamente a los participantes en el hilo del discurso, de la palabra, de la resignificación, de la memoria y del tiempo.

En las sesiones siguientes un movimiento de oscilación se instala; las fuerzas y las formas de lo arcaico vuelven periódicamente y atacan los encuadres y los procesos del pensamiento, el caos se reinstala hasta el momento en que se restablecen el piso del encuadre, el pensamiento de los analistas, las diferenciaciones que permiten salir de la confusión y el placer del pensamiento.

El segundo proceso es aquel que desarrolla específicamente el trabajo de los analistas. El trabajo que hemos realizado sobre nuestras contratransferencias respectivas, y sobre nuestra inter-transferencia ha sido determinante para volver posible la elaboración grupal e individual de esta situación ¨en abismo¨, y en particular de las angustias y agonías primitivas que ella suscitaba en los participantes y en nosotros mismos. Como los participantes nosotros hemos sido afectados por esa falla inicial, siderados por ella. Pero si nosotros hemos podido mantener una actividad de pensamiento, es también porque nuestra confianza en este dispositivo no ha sido arruinada por nuestros movimientos de odio con respecto a los ausentes. Mantener el encuadre y contener la angustia de los participantes nos ha permitido sostener los procesos de elaboración. Para ello había que recuperar y observar cómo sus situaciones singulares entraban en resonancia con las angustias que se desarrollaban en el grupo y como estas situaciones singulares se diferenciaban de las del grupo. Las angustias arcaicas generadas por el agujero de la desaparición, en ese espacio y en ese tiempo psíquico inicial, pudieron ser transformadas, en un espacio psíquico común y compartido, sólo a través de una representación no caótica del origen. Esta transformación solamente se pudo operar a partir del momento en que los elementos impensables, pegados unos a los otros, coagulados, pudieron representarse en una escena del juego. Esto sucedió porque nosotros hemos sostenido todas las fases diferenciales de la narratividad, y en particular todas las diferencias entre el relato del caso, la búsqueda de un tema de juego a partir de la solicitación de lo imaginario, el juego y las asociaciones sobre el juego. Fue de esta modo que ellos han podido imaginar y jugar, en los momentos en que estaban pasivamente enfrentados a sus propias situaciones difíciles. En los grupos, en este tipo de grupo en particular, para pensar la violencia del caos, en y con esta violencia, es necesario que cada terapeuta pueda contar con el trabajo psíquico de otro terapeuta, pues cada uno de ellos, disponen para el otro de un espacio de intercambio reciproco, de juego y de transformación.

 

 

Publicado en 2003 « Les processus et les formations archaïques dans les groupes », Le Journal de la psychanalyse de l’enfant, 32, 51-74 Francia.

Traducción de Ezequiel A. Jaroslavsky

(Derechos de traducción reservados)

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Resumen

La categoría de lo arcaico es inseparable de la cuestión del origen y sus comienzos. Corresponde a un estado primitivo del mundo interno y de la construcción el objeto, del Yo y de los procesos que lo presiden.

El Yo dispone de mecanismos de defensa rudimentarios para hacer frente a los movimientos pulsionales violentos, a las fantasías crudas que lo invaden y las angustias incontenibles que lo asaltan. La cuestión del origen se constituye a partir de la necesidad de encontrar una representación y una causa de la experiencia del caos, del abismo y del vacío. Lo desconocido terrorífico se transforma en un conocimiento, una escena y una historia a partir de los cuales las angustias y los enigmas del comienzo pueden ser dominados.

El análisis de un psicodrama psicoanalítico de grupo centrada en la elaboración de situaciones clínicas difíciles, frecuentemente traumáticas, permiten identificar como surgen y se transforman las angustias, las identificaciones y los mecanismos de defensa arcaicos. El análisis muestra la importancia de la narratividad y de la dramatización en la elaboración de la experiencia de lo arcaico.

 

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Palabras clave

Arcaico – Abismo – Caos – Dramatización – Narratividad – Negativo – Origen – Psicodrama psicoanalítico de grupo – Violencia del caos.

 

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Résumé

La catégorie de l’archaïque est inséparable de la question de l’origine et des commencements. Elle correspond à un état primitif du monde interne et de la construction de l’objet, du Moi et des processus qui y président.

Le Moi dispose de mécanismes de défense rudimentaires pour faire face aux mouvements pulsionnels violents, aux fantasmes crus qui l’envahissent et aux angoisses incontenables qui l’assaillent. La question de l’origine se constitue à partir de la nécessité de trouver une représentation et une cause à l’expérience du chaos, de la béance et du vide. L’inconnu terrifiant se transforme en une connaissance, une scène et une histoire à partir desquelles les angoisses et les énigmes des commencements pourront être maîtrisées.

L’analyse d’un psychodrame psychanalytique de groupe centré sur l’élaboration de situations cliniques difficiles, souvent traumatiques, permet de repérer comment surgit et se transforme l’expérience des angoisses, des identifications et des mécanismes de défense archaïques. L’analyse montre l’importance de la narrativité et de la  dramatisation dans l’élaboration de l’expérience de l’archaïque.

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Mots clés

Archaïque – Béance – Chaos – Dramatisation – Narrativité – Négatif – Origine – Psychodrame psychanalytique de groupe – Violence du chaos.

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Bibliografía

Anzieu D. (1972) « La fantasmatique orale dans le groupe »repris in Le groupe et l’inconscient. L’imaginaire groupal. Paris, Dunod (1975).

Castoriadis-Aulagnier P. (1975), La violence de l’interprétation. De l’énoncé au pictogramme, Paris, P.U.F.

Freud S. (1929) Das Unbehagen in der Kultur. G.-W., XIV, 421-506. Trad. fr. Malaise dans la civilisation, Paris, P.U.F., (1970).

Haag G. (1985), »La mère et le bébé dans les deux moitiés du corps », Neuropsychiatrie de l’enfance, 33, 2-3, p. 107-114.

D.Houzel (1985) « L’évolution du concept d’espace psychique dans l’œuvre de M. Klein et de ses successeurs », in J. Gammil et collab, Melanie Klein aujourd’hui, Lyon, Cesura ;

Kaës R. (1989) « Le pacte dénégatif dans les ensembles intersubjectifs », in A. Missenard, G. Rosolato et al. : Le négatif. Figures et modalités. Paris, Dunod, pp. 101-136.

Missenard A. (1972) « Identification et processus groupal », in Anzieu D., Bejarano A. et al. Le travail psychanalytique dans les groupes. 1. Cadre et processus. Paris, Dunod. (1982).

Rouchy J.-C (1980) « Processus archaïques et transfert en groupe-analyse », in : Le groupe, espace analytique. Clinique et théorie, Ramonville Saint-Agne, Erès (1998, p. 35-60).

Sami-Ali, (1974), L’espace imaginaire, Paris, Gallimard.

 

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Notas

[1] A esta forma originaria arcaica la podríamos relacionar con la categoría del pictograma propuesto por Piera Castoriadis Aulagnier

[2] Agradezco a C. Desvignes por su contribución en la elaboración de este trabajo.

[3] S. Urwand piensa que esta angustia de desecación es más arcaica que la del derrame, (comunicación personal).

By |2019-10-30T16:33:26+00:00octubre 16th, 2019|Número 9|Sin comentarios